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  • Catalina Quevedo

ANSIEDAD, UNA ALIADA DE VIDA

¿Cómo se siente un día con crisis de ansiedad?

Catalina Quevedo

6 am. Suena la alarma del celular. En una hora y media comienzo a dictar una conferencia virtual sobre Trastornos de Ansiedad, una condición maestra de vida que me acompaña desde siempre, que fui incubando desde que estaba en el vientre de mi madre. Abro los ojos. No puedo con el cuerpo. Dormí bien, pero mi cuerpo parece no saberlo. Posponer 10 minutos. Ninguna conferencia, de las cientos que he dictado antes, me ha generado tanta magia interna como esta, tanta motivación, es poner al servicio de otros lo que he venido comprendiendo sobre mi propia maestría con la ansiedad. Voy a disfrutar en ese espacio, como nunca, esta misión de ser psicóloga y conferencista. Suena nuevamente la alarma. Es hora de ponerme de pie. Me siento en la cama. Miro a mi compañero dormido y siento en el alma una profunda gratitud por su presencia en mi vida. Una marea interna me quiere desbordar. Me tiemblan las manos, estoy mareada, creo que voy a vomitar. No. Creo que me voy a desmayar. Respiro… inhalo la paz de Dios y exhalo cualquier tensión… una y otra vez. Observo en calma y serenidad las sensaciones de mi cuerpo… las manos me siguen temblando y ahora están frías, sudando… mis oídos escuchan como si los atravesara una ráfaga de viento, empieza el tinnitus… los temblores se extiende hacia las piernas y la cabeza… los latidos de mi corazón se sienten con más fuerza. Abro los ojos. Veo los objetos del entorno como si ellos o yo estuviéramos en otra dimensión. Veo destellos, puntos negros, me siento tan aturdida. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo me queda para estar sentada frente al computador, lista y con cara de pastel para esperar a los participantes de la conferencia? Me queda poco tiempo… Dios, yo soy tu instrumento, ayúdame a generar el equilibrio que necesito….


Empiezo a sudar a mares, prendo el ventilador, voy por agua para tomarme una pastilla adicional para la ansiedad. Como algo ligero, eso en general me ayuda un poco cuando la ansiedad llega a 8 en una escala de 1 a 10. Siento claramente algunos puntos de mi cuero cabelludo, mi cuello y hombros comenzando a contraerse generando dolor. Tengo miedo… pero ¿de qué? Todo está bien y en orden. Mierda. Me voy a empanicar, no puede ser, hoy no… hoy es un gran día para cumplir la misión. Ok. Hagamos todo lo que sabemos que nos ayuda Cata, somos regentes de nuestra mente y nuestro cuerpo. Podemos pilotear este día desde la consciencia.


Despierto a mi compañero. Le cuento que no me siento bien. Él, con una amorosa mirada, me dice: va a pasar. Yo lo sé. Va a pasar. Aunque ahora se sienta como la mierda, va a pasar. Sé que no hay nada físico, sé que es la química de mis emociones. Tengo que bañarme ahora. Me doy una ducha consciente, agradeciendo el recurso del agua, sintiendo la tibieza en mi piel. Lo disfruto. Me siento en la cama con el ventilador al frente, así se me baja el calor. Respiro unos minutos más. Me maquillo con todo y temblor. El sudor se refresca con el viento. Unos minutos más con el ventilador y puedo vestirme. Me pongo crema para peinar y solo espero que se seque. Hoy no es viable usar el secador, dejemos los crespos lo más organizados que se pueda.


7:20 am. Empiezo en 10 minutos. Voy por agua, prendo el computador, abro la presentación, la invitación a la reunión… otra vez sudo a mares… prendo el ventilador de la oficina que adecué en casa desde la cuarentena… enciendo la cámara para reconocerme en medio de la sensación de irrealidad. Vuelvo a pagarla y espero mientras en mi mente decreto que será un momento increíblemente mágico y maravilloso. Mambeo en conexión sagrada con mi Espíritu Santo. Llegan los participantes, saludo y empieza la función en la que actúo que estoy al pelo, pongo mi cara de pastel y realmente disfruto los próximos 60 minutos, cumpliendo esta misión de amor en que lo único que existe es mi público y el amor en acción.


8:30 am. Termina la conferencia. Sigo temblando o empiezo a temblar otra vez, la verdad no puedo saberlo a ciencia cierta. Mi compañero y yo sacamos a los perros a su vueltica de cortesía. Amo sentir el aire fresco, ver las hojas de los árboles y conversar con Juan David mientras los perritos acechan ardillas y pájaros. El temblor parece ir disminuyendo. Necesito dormir antes de la primera consulta del día. Gracias al cielo es en la tarde, mis pacientes de la mañana reprogramaron sus sesiones para la próxima semana, gracias, gracias, gracias. Me acuesto, respiro conscientemente y agradezco haber sido instrumento de Dios para los participantes. Algunos movimientos involuntarios de las piernas y los brazos. Caigo profundamente dormida.


1 pm. Mi compañero me hace una suave caricia repetida en la espalda hasta que abro los ojos. ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? ¿Qué es lo que tengo que hacer? Me siento en la cama. La marea química está más intensa que nunca. Mi ansiedad está en 9. Tengo una hora para equilibrarme, almorzar y estar en el consultorio recibiendo a mi paciente. Necesito movimientos conscientes. Le escribo a una colega para hacer una clase de yoga al final de la tarde. Preparo una aromática. Hacemos el almuerzo en compañía. Comprendo que va a pasar. Me concentro en la experiencia de preparar los alimentos y almorzar, relativizando el temblor, el mareo, las náuseas, la sensación de irrealidad, la sensación en el pecho, el vacío en el estómago, la sensación de miedo y mis pensamientos de preocupación por lo que estoy sintiendo y cuántos días va a durar. Realmente disfruto el momento.

Hoy no puedo conducir, es mejor pedir un servicio de transporte. Juan me lleva a la oficina, nunca había experimentado un 8 o un 9 en mi escala de ansiedad, máximo un 6 o 7. Jamás he llegado a un 10, sería la muerte, un desmayo o la desconexión total con mi cuerpo.


2 pm. Llego al consultorio. Mambeo un poco más, convocando la sabiduría de la Divinidad. Atiendo a mis pacientes, con humildad y gratitud por mi misión, por sus vidas, por sus sanaciones. El temblor disminuye y me siento presente durante las consultas. Gracias vida por permitirme ser parte de los procesos de transformación de estas personas.


4 pm. Al fin la clase de yoga. Al fin voy a mover conscientemente mi cuerpo, con la guía de una mujer absolutamente maga y amorosa. Respiraciones, asanas restauradoras, música medicina… que maravilla de momento. Gracias, gracias, gracias…


5:15 pm. Llego a casa nuevamente. Me siento realmente mejor. Solo existe un leve dolor de cabeza, producto de haber hecho fuerza todo el día… es un vestigio de una tormenta de ansiedad que ahora es una brisa amorosa y consciente. Me ocupo de algunas labores propias de una casa, despacio y lentamente. Con compasión y paciencia. Está temprano, tengo tiempo suficiente para hacer todo, compartir con Juan e ir a la cama temprano para poder madrugar mañana a dictar otra conferencia.


9 pm. Me tomo las pastillas para la ansiedad. Ya estoy lista para dormir. Me acuesto. Tardo más o menos una hora en sentirme cómoda con la almohada, el colchón y la sábana. Por fin me acomodo. Empieza una lluvia suave. Amo el sonido de la lluvia. Cerramos la ventana para que no entre el agua a la habitación. Empiezo a sentir calor, encendemos el ventilador. Otra vez el proceso de acomodarme. Qué pesado es el cuerpo. Cierro los ojos y empiezo a hacer respiración consciente mientras observo las sensaciones físicas, los sonidos externos y mis pensamientos. Agradezco con todo mi corazón todo lo vivido en este día… agradezco por… mis alimentos… el malestar que me entrena día a día… las personas que me aman y las que tal vez no… los pacientes que confían en mi… mis perros que me dan tanto soporte… mi compañero incondicional y sabio… mi cuerpo que sigue adelante aun cuando siento que no puedo más… mi mente que trae a Dios cuando la sombra quiere tomar su lugar… respiro… algunos movimientos involuntarios de mis brazos y mis piernas… caigo profundamente dormida…


Catalina Quevedo González

@cqholistica

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