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  • Catalina Quevedo

LOS INICIOS

Actualizado: 21 abr 2021

“El encuentro con la Espiritualidad no es un asunto repentino y agudo que un buen día llama a la puerta. Es un crecer desde la infancia a través de situaciones y elementos que nos generan un estado de profunda trascendencia y paz. Es generalmente en la vida adulta que reconocemos que esos estados son experiencias espirituales”.

Catalina Quevedo


Esta experiencia terrenal como Catalina Quevedo, se puso en marcha algún día de agosto de 1973, hace 48 años, día en que mis padres se conocieron en el marco de un paseo a la finca de unos amigos en común. En septiembre de ese mismo año mi abuelo materno muere lo que incrementa la fuerza de la relación poderosamente y el 14 de diciembre, tres meses más tarde, se casan. Han estado juntos desde entonces. Tengo la certeza de haber elegido en el nivel del alma nacer de esta unión y con estos dos linajes ancestrales que codificaron en mi memoria genética e instintiva la información específica que requería para tener la cadena de ADN exacta y perfecta para poder hacer en este mundo lo que venía a hacer. También elegí tener una hermana mayor con quien actualmente tengo una relación armoniosa, divertida y de apoyo incondicional, aunque no siempre lo percibí así. Las dos aceptamos vivir situaciones de destino en conjunto bastante particulares que nos ubicaban en una montaña rusa emocional muy fuerte y de enormes aprendizajes para nuestras vidas.


Cuando tenía unos siete años de edad visitaba a mis abuelos paternos cada domingo. Ellos vivían en una casa enorme – por lo menos así es en mis recuerdos – ubicada en la que llamaban “la carretera vieja hacia Guarne”, una vía destapada, estrecha, por la cual se subía desde Medellín hacia el Municipio de Guarne, de ahí su nombre. Tras una media hora de recorrido por la vía, aparecían unas letras rojas pintadas sobre un madero rústico: “GRANIZAL”. Entonces sabíamos que estábamos allí. Mi abuelo era un médico muy reconocido por su ojo clínico infalible y por su atinada inteligencia humorística –negra como el ébano- gastroenterólogo Honoris Causa, delgado, calvo, fumador de cigarrillos rubios sin filtro, de cargaderas y corbatín, con un profundo miedo a la abundancia que generaba un sentimiento de carencia y subversión en él. Mi abuela era una mujer que hacía todo el honor a su nombre: Luz. No hay que decir nada más de ella.


Nos reuníamos alrededor de un almuerzo que casi nunca variaba: carne de posta sudada, arroz blanco, garbanzos y remolacha en cuadritos, moras agrias caladas en toneladas de azúcar como postre y jugo de fruta. En un estante de madera vieja mi abuelo escondía las galletas sultanas que sigilosamente asaltaríamos los niños de la familia, como una recompensa tipo post-postre bien merecida después de masticar y tragar obedientemente el invariable almuerzo. Tras haber levantado y limpiado la mesa del comedor, comenzaba la partida de cartas en la que se hacía trampa, se saltaban las reglas y todo el mundo gozaba. Yo aprovechaba esa efervescencia para subir al árbol de guayabas que se levantaba amoroso a la entrada de la casa, donde pasaba horas tranquilas en perfecta conexión contándole al árbol mis más profundos pensamientos y “jugando” a que el árbol me daba respuestas y mensajes. Algunas tardes más, subía al bosque de pinos que encumbraban la montaña, con los tres perros de mi abuelo como guardianes e interlocutores, me acostaba en el tapetico rojo que formaban las acículas que caían secas. El cuerpo, el entorno y el tiempo dejaban de existir y me sumía en una profunda conversación con los pinos y los perros. Hoy comprendo que esas conversaciones siempre fueron conmigo misma, con mi Ser Superior y uno que otro Maestro. Cayendo la tarde se oía el llamado serio y apurado de mi papá para nuestro regreso a casa, momento en el que bajaba a tierra, esperando que llegara pronto el próximo domingo. Con el tiempo dejamos de ir a esa finca. Mi abuela paterna murió, mi abuelo paterno tuvo que irse a un apartamento en la ciudad de Medellín para sobrevivir al duelo. Mis padres, mi hermana, mi abuela materna y yo nos mudamos a Manizales donde viviría toda mi adolescencia en un mar de leva emocional y energético que me trajo un montón de aprendizajes (rechazos, burlas, golpes, amores y desamores) que hoy recuerdo con gran cariño por haber sido la primera oportunidad real que se me regalaba para confrontar el guion que me habían entregado como la forma “correcta” de hacer las cosas. A mí, y a toda la humanidad.


Estando en Manizales pertenecí a un grupo Scout con el que podía pasar algún tiempo en campo abierto, entre ríos, bosques, animales, técnicas de supervivencia y hormonas adolescentes. Fue una de las épocas más intensas de mi vida: naturaleza, campamentos, lecturas filosóficas, colegios varios, amores, amigos y adversarios. Una búsqueda insaciable de respuestas frente al amor, la vida, la amistad, la vocación, el ser, el no ser. A pesar de tener cierto contacto con la naturaleza, las respuestas no llegaban. Había demasiada interferencia entre la información y yo, dada por la máscara de melancolía e incomprensión que fui construyendo para lograr sobrevivir en un entorno hostil a mi rebeldía. No sabía en ese entonces que las respuestas nunca están fuera, ni sabía que para leerlas o entenderlas debe mediar la quietud, el silencio, la esencia y la humildad.


Esa calma inagotable que surgía en la paz de las ramas del árbol de guayabas, en la sombra del bosque de pinos, en las conversaciones con los perros y en general con la naturaleza, sólo la pude volver a traer a voluntad 30 años más tarde cuando comencé a realizar prácticas meditativas y de canalización que, con el tiempo y dedicación propia del aprendiz, me permitieron conocer parte del contenido inconsciente que se manifestaba en mis máscaras, para así identificar cuándo mi YO NO ESENCIAL era el director, guionista, productor y protagonista de los actos de esta obra, y cuando era mi YO ESENCIAL era el que subía al escenario.


Este es el reto de cada día: conectarnos con la humildad que requerimos para aceptar cuándo es el YO NO ESENCIAL el que toma el timón y elegir detenernos, hacer una pausa y permitirle a la bondad, al amor y la sabiduría del YO ESENCIAL fluir a través de los pensamientos, palabras, sentimientos y acciones. Reparar, asumir y amar.

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