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  • Catalina Quevedo

¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

"He soñado con una nueva civilización, un mundo en el cual nos sintamos en paz. He comprendido que esa civilización es mi mundo interior”.

Catalina Quevedo

Imagínate por un momento que el planeta tierra es un colegio al que asistimos desde el día de nuestra concepción hasta el día de nuestra muerte física. Imagina que cada lugar - llámese país, ciudad, casa, oficina, calle, ascensor, restaurante, hotel, habitación, vientre, sala virtual o clínica – es un aula de clase correspondientemente asignada por la matemática universal, o las directivas pedagógicas de este colegio. Imagina también que cada persona con la que interactuamos directa o indirectamente – llámese pareja, padre, madre, hijo, hija, vecinos, colegas, clientes, compañeros de viaje en un autobús, conductores o transeúntes que esperan o caminan a tu alrededor mientras pasa la luz roja en un semáforo – son tus compañeros de estudios, entrenadores o maestros, también matemáticamente correspondientes. Ahora imagina que cada circunstancia o evento que has experimentado (independientemente de si lo has calificado como bueno o malo, importante o no relevante) son las clases a través de las cuales se desarrolla el plan pedagógico que tomaste antes de encarnar y nacer, y que está diseñado de manera perfecta según tus necesidades de aprendizaje y al recorrido espiritual humano. Tal como en la escuela se nos enseñaba matemáticas, ciencias naturales o filosofía, en el colegio Planeta Tierra las lecciones son sobre el funcionamiento matemático del universo regido por el Amor. Por ello tomamos clases sobre convivencia pacífica y armónica, paz interna, servicio, respeto, responsabilidad personal, aceptación, valoración, agradecimiento, adaptación, entre otras.


En este colegio espiritual, donde estamos desarrollando nuestra Consciencia, no hay posibilidad de faltar por enfermedad, pues incluso acostados en la cama sin hacer “nada”, estamos en un aula de clase cursando una materia. No hay posibilidad de evadir una lección pues el plan pedagógico está en marcha. Tal vez nos permitan un aplazamiento de un examen con un incremento en la dificultad, tal como ocurre en la escuela cuando le pedimos al profe poder presentar el trabajo la semana siguiente, tal vez lo permita, pero ya no nos califican sobre 5, ya es más difícil. En este colegio una vez aprendimos la lección o pasamos la materia, no la volvemos a ver, a no ser que haya quedado una pregunta del examen sin contestar o alguien me haya soplado la respuesta. Aquí no se vale que nadie haga el proceso por otro.


Imagina ahora que, casi todos, los ocho mil millones de seres humanos que asistimos al colegio estamos en tercero de primaria, un nivel de consciencia caracterizado por el individualismo, la competencia, las reacciones egoicas emocionales desbordadas, un sistema económico monetario, normas codificadas para la convivencia que aún se deben hacer cumplir por la fuerza (sanciones o castigos) y un incipiente inicio de comunidades. Para los que experimentamos el plan pedagógico en Colombia, en marzo del año 2020 (y para quienes viven en otros países, antes), el profesor abrió la puerta del salón y nos dijo: “¡estudiantes! ¡La puerta de cuarto de primaria ya está abierta! La energía del siguiente nivel de consciencia ya está disponible y debemos tomar decisiones. ¿Quiénes quieren pasar al siguiente nivel?”


Todos nos paramos de la silla en bullicio, algunos empujaban de la emoción que sentían porque un nuevo mundo se abría como posibilidad para todos. Cada quien tomó su mochila, empacó la cartuchera y la lonchera. Muchos corrimos hacia la salida del salón esperando ser los primeros en la fila y nos ubicamos en montonera frente a la puerta esperando que el profe nos diera permiso de salir.


Y cuando estábamos allí convencidos de estar listos, el profesor nos dijo:


“Estudiantes... cuarto de primaria es un nivel muy distinto al que han cursado durante toda su vida. Allí los seres humanos han renunciado, desde antes de pasar por la puerta de entrada al salón, a la agresión en todas sus formas, desde el pensamiento hasta la acción, por lo que la convivencia es pacífica y armoniosa… han comprendido que el servicio es dar el 100% de su calidad en cualquiera que sea su oficio, función o lugar correspondiente… han construido nuevas formas de compensación adicionales al dinero y su estructura de comunidad se basa en la cooperación… en ese lugar se rigen por un respeto absoluto y profundo hacia el pensar, sentir y actuar de los demás, sea que estén de acuerdo o no… nadie interfiere en el destino de nadie pues saben que cada circunstancia es una oportunidad de aprender para desarrollar consciencia… han comprendido que el cariño y el afecto son sentimientos, así como el amor es comunión y respeto”. Estas palabras cada vez nos emocionaban más a todos los que esperábamos ansiosos luz verde para continuar, y cada quien buscaba estar más adelante en la fila para pasar primero.


El profesor continuó: “Así las cosas, vamos a revisar el proceso que han tenido en tercero y vamos a determinar quién ya está listo para pasar a cuarto, es decir, quien se hizo ya correspondiente a una civilización armoniosa y pacífica, por haberse transformado a sí mismos en personas armoniosas y pacíficas”. En ese momento el bullicio se mitigó, los movimientos de ansiedad disminuyeron y, con cierto recelo, aceptamos la revisión.


Con voz amorosa, sugirió: “quienes hayan empujado a otros para llegar primero a la fila, quienes tengan en sus mochilas algo que no les pertenece y aún no han devuelto, quienes piensan que alguno o algunos de sus compañeros no son dignos de pasar a cuarto, vuelvan a sus sillas, aún no practican la cooperación y aún no han renunciado a juzgar a los demás”. Un grupo de estudiantes se sentó vociferando que era injusto lo que estaba pasando. Continuó: “quienes deban todavía un examen o taller, quienes se copiaron las respuestas de una lección, quienes le hicieron el trabajo a otro y quienes hayan pedido a otro que les hiciera el trabajo, siéntense por favor, aún no han aprendido a asumir 100% su vida, sus decisiones y sus actos”. Para ese entonces más de la mitad de los estudiantes estaban sentados, confundidos y furiosos con el profe, quien siguió con su revisión: “quienes hayan ganado un examen aún sin comprender los temas evaluados, quienes hayan aplazado fechas y quienes aún no aceptan la calificación de alguna lección o taller, también vayan a sus sillas”…


Y así, siguió el profesor revisando casos, hasta que todos quedamos nuevamente sentados en nuestros lugares de estudios (nuestras casas o en cualquier otro lugar del mundo) para ver cara a cara las lecciones que aún no aprendíamos, las cosas que aún no asumíamos, las relaciones que aún no armonizábamos, las responsabilidades de las que aún no nos hacíamos cargo, las falsas creencias que aún no confrontábamos, las reacciones egoicas que aún no transformábamos, los traumas y heridas que aún no sanábamos, y, en fin, todo aquello que seguíamos esperando resolver sin trabajo consciente o que estábamos dejando en manos de otros con la expectativa loca de que alguien llegara a rescatarnos, a sanarnos o a sostenernos.


Nos regalaron, a través del confinamiento y las cuarentenas, una oportunidad sin precedentes para auto-observarnos y elegir en qué nivel queríamos estar, hacia donde íbamos a dirigir nuestra energía y todo aquello que teníamos pendiente de asumir 100% por nosotros mismos. Nos ubicaron de tal manera que quedáramos muy cerca, en muchos casos hacinados, teniendo que hacerlo todo en compañía de nuestro círculo cercano, desdibujando las fronteras entre lo personal, lo laboral, la vida en pareja, la vida familiar, la vida social. Nuestros lugares de vivienda se convirtieron en las aulas de clase de un curso intensivo sobre nosotros mismos.


Hoy, en Colombia, un año y medio después de este inicio de la revisión y reubicación global, tenemos nuevamente una oportunidad de vernos, reconocernos y aprender. Finalizamos hoy una de las semanas más desafiantes y retadoras en términos de convivencia y sobrevivencia. Los acontecimientos sociales, políticos, económicos y naturales que estamos atestiguando son un espejo en el que podemos ver qué es lo que cada uno necesita transformar en su interior, cuáles son las renuncias fundamentales que podemos hacer para hacernos correspondientes a una civilización de cuarto nivel. El profesor no se distrae, no hay nadie que se pueda colar al salón del lado sin haber hecho el trabajo por sí mismo, sin haber aprendido cómo obtener resultados de armonía y satisfacción voluntariamente desde su propia paz interior, sin haber renunciado a las creencias que generan sus conflictos internos y externos y haberlas sustituido por información de amor que es capaz de llevar a la práctica diariamente. La puerta de cuarto de primaria está abierta. Todos y cada uno de nosotros podemos entrar cuando nos hayamos hecho correspondientes de manera individual a una nueva humanidad.


Catalina Quevedo González

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